Discurso Eva Perón sobre los derechos de la ancianidad 28/08/1948

Discurso de Eva Perón pronunciado el 28 de agosto de 1948 al hacer entrega del documento “Declaración de los derechos de la ancianidad” al presidente de la República Juan Domingo Perón.

Con honda emoción y plena conciencia de la transcendencia de este acto, me honro en entregar en manos del Excmo. Señor Presidente de los argentinos el decálogo que proclama los derechos de la ancianidad. Como argentina y como mujer, que vive la emocionada realidad de nuestro despertar nacional y social, sé que no podría dejarlo en mejores manos ni haber encontrado un escenario más propicio para esta afirmación. Vive en esa casa. Excmo. Señor Presidente, inspirando nuestros actos y señalando rumbos a nuestras realizaciones, el espíritu constructivo, fraternal y apasionadamente argentino de aquel Coronel Perón que levantó la bandera de los oprimidos para hacerla tremolar junto a los más altos ideales de la Patria y de la humanidad. Alienta aquí, impulsando las energías generosas que aspiran al bien común y los esfuerzos de los que sienten sobre sí el alto honor y la inmensa responsabilidad de continuar su obra, la recia personalidad del que fue primer Secretario de Trabajo y Previsión y el primer argentino de alta investidura política que proclamó el imperativo derecho de hombres y de creadores de riqueza. Está aquí, finalmente, entre estas paredes que vieron nacer la justicia social, que asistieron a nuestros primeros pasos esperanzados de total recuperación, en sí mismo y en los destinos de la Patria, el espíritu mismo de esta Nueva Argentina que soñaba para todos el Coronel Perón y que preside por voluntad del pueblo el General Perón.

Yo creo, Excmo. Señor Presidente, que no hubiera podido encontrar mejor escenario para depositar en vuestras manos realizadoras, los derechos de los que estaban olvidados hasta ayer, a una etapa de nuestra historia para dar comienzo a la nueva etapa cuyo capítulo inicial reside en la dignificación del pueblo laborioso, vanguardia creadora y reivindicadora de la nacionalidad.

Aquí también se dará comienzo a lo que la Ayuda Social, que tengo el honor y el deber de presidir, ha querido crear para reparar una injusticia e incluir en su labor solidaria a un sector del pueblo, que llega al ocaso de la vida huérfano de cariños y económicamente incapacitado para proveer a su necesidad. Y creo firmemente que como todo el pueblo laborioso que triunfó desde (ayer?), los ancianos que ya no pueden producir porque produjeron mucho para los otros y no encontraron leyes que protegieran al productor, también triunfarán. Lo garantiza así ese espíritu apasionadamente argentino de aquel Coronel Perón que luchó por la redención de los postergados y cuyo mejor continuador es el General Perón, Presidente de los argentinos y hombre de América y de la humanidad.

En el cuadro de nuestra actualidad social, que podemos exhibir como ejemplo ante el mundo, los ancianos desvalidos, Excelentísimo señor Presidente, son, para vergüenza nuestra, como una réplica dolorosa de lo que eran la mayoría de los argentinos laboriosos hasta el día en que la Nación oyó, de vuestros labios, que la justicias o era social y se arrancaba la venda hipócrita de los privilegiados que la enceguecía, o no era justicia ni era nada. ¡Ellos, hoy, como las mayorías productoras ayer, solo conocía el sabor de las migas que dejaba sobre la tierra el perenne banquete de los poderosos ensoberbecidos y olvidados de Dios y de sus hermanos productores! Para librar a los trabajadores de las coyundas de una sociedad injusta y cruel, que negaba sistemáticamente por sus jueces y por sus lenguaraces toda forma de evolución toda superación colectiva, todo derecho de las mayorías a participar de alguna manera en la riqueza que creaban para las minorías y que ellos no veían jamás traducirse en pan para sus hijos y felicidad para sus hogares, fue necesaria una Revolución. Una Revolución con mayúsculas, que alimentada por el dinamismo y la visión histórica del Coronel Perón, proclamara hacia los cuatro puntos cardinales su contenido social, su voluntad de reordenación económica y su intransigente pasión de soberanía. Su contenido social involucró en sus cuadros militantes a la totalidad de los trabajadores del país, que siguiendo a sus vanguardias descamisadas pudieron realizar la epopeya del rescate de su líder.

Su voluntad de reordenación económica dio fundamentos a esa justicia social que pone en el porvenir de los argentinos nuevas perspectivas de unión, de fraternidad y de convivencia. Y su pasión de soberanía dijo al mundo de la posguerra que alimentando los más altos ideales de paz, el pueblo argentino no renunciará jamás a ninguno de sus derechos esenciales.

Esa Revolución, Excmo. Señor Presidente, que encontró en el Coronel Perón a su Líder y a su Conductor y que tiene en el General Perón al realizador de sus programas he transformado ya física y espiritualmente a la Patria. Aquel oportuno y vibrante “mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar” ha dejado de ser una consigna constructiva para transformarse en una realidad palpable y tangible, expuesta por la obra de su Presidente ante los ojos  y la conciencia de toda la nacionalidad. “Mejor que decir es hacer” proclama desde los cuadros de nuestra actualidad social la situación de los trabajadores, a quienes la Revolución que inspirasteis encontró entre salarios de hambre, sin derechos de organización y ajenos a todo lo positivo de la vida, y ahora exhiben ante el mundo un nivel de vida y un porcentaje de participación en las labores públicas como jamás soñó siquiera en un pasado que es apenas el ayer. “Mejor que prometer es realizar” dicen a todos los vientos por las piedras de su solidez los diques que van recuperando tierras para el trabajo productivo, lo buques argentinos que transportan nuestros productos a todos los puertos del mundo, los caños que traen el aliento de la tierra madre desde la lejanía para encender el fuego de nuestro hogar. “Mejor que prometer es realizar” dicen las mujeres de la Patria cuyos derechos cívicos reconoció la Revolución y cuyos entusiasmos patrióticos y sociales se encendieron al calor de la obra estatal.

Esa transformación, Excmo. Señor Presidente, como he dicho antes, no está encerrada en los cuadros demostrativos de las cosas materiales. Los rebasa y se derrama sobre la mística misma de la nacionalidad. Vuestra obra material, con ser grandiosa y ejemplificar un esfuerzo que no tiene parangón en el continente, parecería perecedera si no tuviera para apoyarse y multiplicarse en el porvenir el aliento gigantesco y nuevo de la unidad nacional.

Seré más explícita aún. Diré que las conquistas de los trabajadores, por ejemplo, estriban menos en sus salarios dignificados que en su condición de hombres que se sienten como tales y que por eso mismo están habilitados para las más altas empresas y los más altos ideales acordes con la condición humana. Y es, Excmo. Señor Presidente, porque la Revolución que encontró su líder en el Coronel Perón tuvo como objetivo superior salvar al hombre de los egoísmos y de las limitaciones del hombre mismo y lo consiguió, abriendo en nuestra historia una era de fraternidad nacional como solo encontramos similar en las glorias comunes y en las luchas conjuntas de nuestra independencia política y en las empresas sanmartinianas de llevar la libertad a los pueblos vecinos.

El hombre argentino, Excmo. Señor Presidente, ha sido salvado. Dignificando el trabajo y humanizando el capital, vuestra Revolución lanzó las bases nuevas de un nuevo sentido colectivo y nacional que hace digna la vida y que nos lleva, tal vez sin prisa pero también sin pausas como las constelaciones, hacia la más completa, perfecta y sólida unidad nacional. Vamos, como proclamasteis en una oportunidad, concretando el ideal de forjar una patria en la que los ricos sean menos ricos pero que los pobres sean menos pobres. Marchamos, unido todo el pueblo y viendo multiplicarse las filas de sus columnas a cada amanecer por nuevas levas de hombres y mujeres conquistadas para el destino común por la virtualidad de vuestra obra y la altura de vuestros ejemplos, hacia índices superiores de fraternidad. Y, por lo mismo hacia la perfección, porque perfección es siempre amor, respeto, tolerancia y solidaridad.

Esta casa se siente hoy como en sus mejores días. Se remoza con vuestra presencia, Excmo. Señor Presidente, y vuelve a vivir las fechas heroicas de vuestras luchas pasadas. Quedan aquí para siempre jamás, como fuentes tutelares que mitigan nuestra sed insaciable de justicia económica, política y social, la actuación de aquel Coronel Perón que abrió desde aquí los senderos de esta Nueva Argentina. Estas paredes, señoras y señores, vieron las alegrías, las angustias, las esperanzas y la fe inconmovible en el pueblo y en la Patria que colmaban en totalidad el corazón y la voluntad del Coronel Perón. Su alegría incontenida cuando llevaba al pueblo los puñados de felicidad que supo arrancar a la vida desde que entró en esta casa; su angustia ante la incomprensión de unos, la mala fe de otros y el odio irreductible de lo superado contra lo que tenía que venir por leyes biológicas y sociales, su esperanza en el resurgir nacional, inexplicablemente postergado como los derechos del pueblo trabajador y su fe en una Argentina grande, próspera y feliz, hogareña y maternal para todos los argentinos y para todos los hombres de buena voluntad que vinieran a poblar y a hacer fructificar su suelo.

Yo invoco, Excmo, Señor Presidente, ese espíritu constructor que no dejó ni dejará jamás las paredes de esta casa, para escudar con su fortaleza, con su honradez y con su fe los derechos de los últimos olvidados que nosotros nos negamos a olvidar por un sólo día más. La Fundación Ayuda Social “María Eva Duarte de Perón”, por intermedio mío, que soy la más humilde pero también la más entusiasta y apasionada de vuestras colaboradoras, proclama los derechos de la ancianidad.

Exelentísimo señor Presidente, señores ministros, señoras y señores: la sola proclamación de los derechos de la ancianidad, no llenaría nuestros objetivos y nuestras aspiraciones, todas ellas acordes con los principios solidarios y la política justiciera que inició desde esta casa el Coronel Perón. Nuestros objetivos van más allá. Nuestras aspiraciones buscan realizarse más profundamente aún, abarcando no sólo a los ancianos desvalidos de nuestra sociedad, sino a todos los olvidados de la tierra. La justicia y la solidaridad ni reconocen ni pueden reconocer fronteras. Son manifestaciones superiores de la condición humana, formas reveladoras del soplo divino que anima nuestras vidas y que busca perfeccionarse de cara a la eternidad.

Al dejar en vuestras manos, Excmo. Señor Presidente, los derechos de la ancianidad, dejo con ellos un anhelo ferviente y una fe inconmovible también. Un anhelo ferviente de que estos derechos que hoy proclamamos encuentre cabida en las leyes fundamentales que regulan la vida nacional, a las que habéis sabido sumar previsión para que día a día abarquen mejor, como en un abrazo protector y ampliando, toda complejidad de la vida económica, política y social de nuestra Patria. Y la fe inconmovible de que estos mismos derechos que proclamamos hoy, expuestos ante las naciones del mundo, sirvan de inspiración, movilicen las conciencias y puedan un día llegar, como bendición lejana, sobre las cabezas blancas de todos los ancianos desvalidos de la tierras. Nada más.